“El saber”: los 2 ingredientes de su receta

No sé si os habréis encontrado alguna vez en esta situación: piensas que sabes muchísimo sobre un tema, vas a una formación/lees/hablas con un profesional muy experto en la materia, aprendes lo que no está escrito y te vas con la sensación de que realmente no tenías ni idea.

A mí sí me ha pasado y como yo digo, situaciones como esta son una buena “ducha de humildad”. Cuanto más sabes, más te das cuenta de lo poco que sabes. Y no porque todo lo nuevo que aprendas no tenga valor, ni mucho menos, sino porque tomas consciencia de la infinita lista de cosas que te quedan por aprender y descubrir.

Recuerdo cómo compañeros que llevan años ejerciendo de psicólogos me comentaban que hace tiempo, había mucha gente que se reía del mindfulness. “¿Meditar? Eso es cosa de monjes chiflados” –decían algunos.  Sin embargo años más tarde, cuando la ciencia demostró la evidencia y aplicabilidad que tiene, todas esas personas tuvieron que agachar la cabeza y “tragarse” sus propias palabras.

Moraleja que extraigo de esto: hay que ir con pies de plomo al hacer una afirmación rotunda. Y creo que en estos casos ayuda mucho ir con la mente abierta. Antes de decir: “esto está mal” o “esto es lo mejor”, investiga, escucha distintos puntos de vista, busca, documéntate, lee mucho… y así, las conclusiones que saques serán mucho más objetivas. Y cuando tus conclusiones no coincidan con las del prójimo, simplemente se trata de respetar y no juzgar (siempre que no esté en peligro la salud o vida de otra persona, claro). Quizás para ti lo mejor es tener una mascota y para otro, porque no le gustan los animales o por lo que sea, no. Entonces, no se trata de intentar hacerle ver todas las ventajas que tiene tener un perro o un gato, sino de entender que para esa persona las ventajas están en no tenerlo. No es ni mejor ni peor, simplemente es distinto.

Y aquí tenemos dos grandes maestros a los que imitar… los niños y los sabios. Empecemos por los niños. En la foto que he escogido para este artículo, se ve (o al menos yo veo) a un niño explorando en un lago: las piedras, el agua… no le veo la cara pero si tuviera que apostar, diría que tiene una cara de alucinado y concentrado de la leche. Y es que, es admirable la curiosidad con la que viven. Cuando tú le dices a un niño: “cariño, vamos a ir de vacaciones a una playa súper chula, ya verás”, él no te dice: “pues ya puede ser chula eh, porque como no pueda hacer castillos en la arena verás…”; sino que simplemente sonríe, se le iluminan los ojos y espera con toda ilusión esas vacaciones en esa playa chula. Pues lo mismo podemos hacer nosotros: ir por la vida con curiosidad.

Y continuando con los maestros a los que imitar, tenemos en segundo lugar a los sabios. No sólo los que salen en la televisión porque tienen el Premio Nobel, sino también todas esas personas que tenemos en nuestro alrededor que son cultas y da gusto hablar con ellas. ¿Y qué es lo que les ha permitido a todas estas personas aprender y saber tanto? Pues yo creo que aquí hay un “común denominador” y es la humildad. Si no fueran humildes no podrían ser sabias, ya que hubiese llegado un punto en el que hubieran dicho: ya lo sé todo, no hace falta aprender más. Y esto, no les hubiera permitido seguir aprendiendo. Por tanto, TODOS podemos seguir aprendiendo hasta el final de nuestras vidas. De cocina, sobre naturaleza o del tema que sea, pero siempre, siempre, siempre, habrá algo nuevo pendiente de descubrir. Y es que como dice el dicho, nunca te acostarás sin saber una cosa más.

El saber es apasionante. Te da más seguridad, autoestima, autonomía, soltura, cultura, creatividad, riqueza mental y un sinfín de cosas más. Para mí la curiosidad y la humildad son los 2 ingredientes clave que le dan sabor a su receta pero como cada uno cocina a su manera, vosotros le podéis quitar o añadir los ingredientes que os apetezca. La cuestión es que ese plato nunca falte en nuestra mesa.

Ares Zamora Segarra (@areszamorapsico), psicóloga.

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