Somos todo, no te declares la guerra

Vivimos en una sociedad totalmente desequilibrada  y no sólo por la distribución de la riqueza, si no que dentro de cada uno de nosotros existe continuamente una necesidad de búsqueda constante del equilibrio o del bienestar  y eso es síntoma de que no sabemos qué camino tomar.

El gran conflicto del ser humano a nivel emocional se encuentra en la lucha de lo que tiene y lo que desea. De lo que tuvo o no tuvo, de lo que tiene o teme perder. Si vivimos constantemente entre el pasado y el futuro, sea cual sea, siempre viviremos angustiados, tratando de aferrarnos a un ideal que no tenemos.

Por eso, poco a poco, estamos tratando de romper con esa ilusión del tiempo que nos hace sufrir y tratamos de buscar soluciones en ámbitos como el Mindfulness, que nos mantienen en el presente y nos ejercitan para mantener la atención en cada momento de nuestras vidas.

Teniendo en cuenta que cada vez son más las personas que están tomando conciencia de éste camino y forma de vivir, muchos siguen en una búsqueda constante y más profunda del ‘ser’ hasta tal punto que termina convirtiéndose en una obsesión por el ansía de querer más, más paz, más felicidad, la plenitud absoluta o la iluminación, huyendo del dolor que a veces provoca la simple vida. Y el ser humano vuelve a quedar atrapado en ansias de un futuro mejor. Las prácticas meditativas, las lecturas, los talleres y las actividades de manera compulsiva para encontrar un mayor bienestar, terminan por convertirse en una simple evasión que los aleja de su presente, descuidando también otros aspectos de la vida.

Por otro lado están las personas que no se atreven a indagar dentro de sí mismos, asustados de que algo terrorífico pueda aparecer. Las palabras sombra, dolor, traumas, oscuridad provocan en las personas un pavor a descubrir quiénes son realmente. Algunos ni siquiera tratan de parar y observar su respiración que es lo más básico y cercano que tenemos. El simple hecho de tomar conciencia de que respiramos y estamos vivos supone para muchos un estado de contacto y profundidad con uno mismo con el que no quieren identificarse. Así pues prefieren vivir en el mundo de la forma, de lo material y de lo que se muestra a simple vista. Tratando de huir de uno mismo, disfrazan constantemente su cuerpo y sus gestos, su sonrisa, incluso su forma de caminar. Todo lo que se pueda tocar y ver toma mucha importancia, sin no la única, e inundan sus vidas de objetos para satisfacer sus necesidades o su imagen.

Al fin y al cabo vivimos en una sociedad que todavía nos juzga por nuestra apariencia y por lo que tenemos o conseguimos. Somos máquinas que necesitamos producir a todas horas, con resultados para valorar nuestro tiempo y talento. Y así, nos olvidamos de lo que realmente somos y seguimos en esa maraña entre el pasado y el futuro, entre lo que era y lo que quiero ser, entre lo que tenía y lo que tengo, entre lo que tengo y puedo perder.

No podemos negar una realidad, somos todo. Vivimos en un cuerpo físico y energético al mismo tiempo. Podemos quedarnos en uno o en otro. Podemos anclarnos, obsesionarnos o evadirnos en cualquiera de los dos polos, pero siempre nos faltará algo.

Si estamos hechos de materia y de energía, si tenemos una mente que crea y que destruye, si tenemos un cuerpo que vestir y alimentar, tenemos unos sentidos que nos permiten apreciar el mundo, un mundo que tenemos que habitar por unos años y el cual debemos respetar, tratemos pues de vivir en armonía con todo ello, aceptando todo lo que somos.

Cuidar sólo una de nuestras partes puede llevarnos a descuidar otras por el simple hecho de defender unos valores generalmente aprendidos. La guerra no sólo ocurre fuera de nosotros tratando de convencer a los demás cual es el bien y cuál es el mal, y trato de aplicármelo cada día. La guerra ocurre dentro de nosotros cuando no aceptamos ni integramos nuestra otra parte, esa parte que se nos ha ocultado, apartado o rechazado en base a una educación establecida o por decisión propia. A veces necesitamos irnos al otro extremo, probarlo, experimentarlo para encontrar por uno mismo esa voz.

Y como en un rio, es mejor fluir con él agua sin aferrarse a una orilla o a otra por miedo a lo que pueda suceder al otro lado. Tal vez una noche aparezcas agarrado a una rama de la orilla de en frente donde puedas experimentar cosas nuevas y explorar nuevos caminos pero no dejes de soltar la rama y de fluir con la vida. Somos como el agua que fluye, somos una orilla y la otra. Todos,  absolutamente todos aunque queramos escapar, llevamos en nosotros el equilibrio. Un equilibrio que necesita del caos y la incertidumbre para no quedarnos atrapados ni en un lado ni en otro.

Integrar nuestro mundo interior y nuestro mundo exterior nos hace sentir más completos y por lo tanto más coherentes con nuestra propia vida. Nadie dice que sea fácil, ya que romper con las propias normas es la tarea más difícil. No se trata de declararse la guerra a uno mismo, la aceptación es el mejor estado para comenzar el camino, desde ahí, todo es posible.

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Maitane San Nicolás, coach y fundadora de Coolmood. Si quieres más información sobre los planes de Coolmood, visita su web.

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