¿Por qué tendemos a pensamientos negativos?

Cuida tus pensamientos porque se volverán actos. Cuida tus actos porque se harán costumbre. Cuida tus costumbres porque formarán tu carácter. Cuida tu carácter porque formará tu destino. Y tu destino será tu vida. 

Gandhi

A final de año hablamos sobre cómo fomentar los pensamientos positivos. Ésa es, generalmente, la gran demanda de las personas que asisten a mis talleres de sensibilización o cursos de formación, aparte del gran lamento de muchas personas cansadas, pero acomodadas en la queja, sin llegar a pararse, a reflexionar, a conocer y conocerse, y mucho menos dispuestas a cambiar.

Pero, como menciona el slogan de Elsa Punset “no es magia, es inteligencia emocional”, yo siempre les digo que no hay magia, no existe el milagro, sólo hay actitud, compromiso, acción y constancia. Ésos son los pilares fundamentales para comenzar a entrenar el músculo que rige nuestros pensamientos, el cerebro.

Tendemos a pensamientos negativos porque viene en nuestra configuración, estamos predeterminados a ello. De hecho, cuando dejamos de entrenar, cuando estamos relajados, salta el “diablillo negativo” que todos llevamos dentro. Podríamos decir, que es un defecto de fábrica, o es una oportunidad para aprender, y es que tenemos una predisposición a lo negativo, o lo que otros autores denominan, el “sesgo de negatividad”.

Si nos paramos a reflexionar unos momentos (te invito a que dediques unos minutos a ello), en nuestra vida hemos pasado por cientos o miles de situaciones donde inconscientemente, tendemos a pensar, y exteriorizarlo, en negativo.

Comparto algunos testimonios:

Hoy estoy contenta, resulta que uno de mis jefes me ha valorado mi trabajo, pero si vieses cómo ha actuado el otro, es más déspota, parece que le doy igual, aunque claro, siempre ha sido así. Es que él…”.

Ahora me siento mejor de los malestares, pero no te puedes imaginar lo que me ha dolido estos días, ayer no podía hacer nada, todo me molestaba (caminar, estar sentada, acostarme). A veces no me gusta decir que no me duele porque basta que lo diga, para que comience a dolerme. No sé por qué me ocurre esto”.

¡Qué buenas calificaciones has sacado! Pero, ¿por qué tienes sólo un aprobado en matemáticas? ¡Vamos a ver qué pasa! ¡Es que siempre eres el mismo, no se puede confiar en ti!”.

Éstos son algunos ejemplos de cómo nuestra mente, incluso observando a veces lo positivo, lo pasa por alto y pone su centro de atención en lo negativo. Y, ¿qué ocurre cuando nos focalizamos en algo? Que lo atraemos. Resulta que cuanto más se intenta no pensar en algo, más se termina pensando en ello.

Configurados para sobrevivir

Desde diferentes disciplinas como la paleontología, la antropología, la psicología, el humanismo, la espiritualidad, etc., se ha escrito sobre los orígenes de los seres humanos y sus primeros pasos evolutivos. Los humanos somos cazadores natos. Aunque existen diferencias entre hombres y mujeres, en ambos el mecanismo de luchar o huir se activa cuando percibimos una señal de peligro.

Se trata de un modelo adaptativo de “supervivencia”. Dice Pablo Malo (psiquiatra e interesado en la biología evolucionista) que “los malos sucesos tengan más poder que los buenos, es adaptativo, responder al mundo de esta manera promueve la supervivencia”. Ése era el objetivo del ser humano, cazar para sobrevivir. Y, en este sentido, “una persona que ignora una oportunidad, puede lamentarlo, pero nada terrible le va a ocurrir, en cambio, si ignora el peligro, puede ser el final”. Por ello la supervivencia requiere especial atención. ¡Alerta!

Estar alerta acarrea desconfianza, incertidumbre…miedo. Vivimos en el miedo constante: al abandono de la pareja, a perder el trabajo o a no encontrarlo, miedo por nuestros hijos -si salen a la calle, si tienen pareja, si no encuentran trabajo-, miedo a la muerte, etc. El miedo que nos paraliza y provoca el efecto contrario “tenemos lo que tememos”.

¿Por qué? Porque le ponemos cabeza y corazón, es decir, nos focalizamos en eso que tememos no sólo con el pensamiento, sino que también con la emoción, y esta unión es la clave de la atracción. Seguramente que a alguna persona le ha pasado que ha pensado, o deseado, que ocurriese algo, y al final ha ocurrido. Pues aquí ya tienen una pista de porqué ocurren a veces determinados sucesos.

Por ejemplo, cuando vemos que un niño está corriendo, y ya nos estamos imaginando la caída. Entonces, con toda nuestra emoción, comenzamos a decirle “niño, cuidado que te vas a caer…no corras que te vas a hacer daño…te estoy viendo…al final vas a llorar… ¡para! ¡que te vas a caer!”. Le estamos poniendo cada vez más emoción a ese pensamiento, a esa situación imaginaria, y al final acaba ocurriendo: “si es que lo sabía, yo lo estaba viendo, y al final te caíste, ¡te lo dije!”.

¿Por qué tendemos al pensamiento negativo? 

Algunas investigaciones apuntan a lo siguiente:

  • Los acontecimientos negativos se guardan en la memoria a largo plazo de manera inmediata, es automático, y se recuperan más fácilmente de la memoria. En cambio, necesitamos pensar en los positivos durante varios segundos para grabarlos en nuestra memoria a largo plazo.
  • Nuestro instinto cazador hace que prestemos más atención a los sucesos negativos que a los positivos. ¡Estamos predispuestos para estar en alerta!
  • Los estímulos negativos son más llamativos y dominantes.
  • Las respuestas a las amenazas y las cosas desagradables son más rápidas y fuerte que las respuestas a las oportunidades y placeres.
  • Las consecuencias negativas son más fuertes, y traumáticas, que las consecuencias positivas.
  • Los sucesos negativos influyen el doble que los positivos en nuestra actividad diaria.
  • Necesitamos entender qué nos ocurre, y dedicamos más tiempo a buscar el sentido de lo negativo, que a cuestionarnos las cosas positivas que nos ocurren.

En definitiva, esto ocurre porque los estímulos negativos producen más actividad neuronal que los estímulos positivos. Estamos más cómodos en el papel de víctima, queriendo ser el/a protagonista de la película, llamar la atención, no reconocer nuestros bloqueos y actuamos a la defensiva preguntándonos el por qué “¿por qué me ocurre esto a mí?” (negativo), en lugar del para qué (positivo).

Si nos paramos a reflexionar en las emociones, veremos que existen más palabras para las emociones negativas que para las positivas (según Averill, de 558 palabras el 62% son negativas y el 38% positivas). Nos paramos a explicar, incluso con detalle, las situaciones incómodas o negativas, que en exaltar las positivas (de los ejemplos anteriores, explico más cómo ha actuado el jefe que no me ha valorado, que el que sí lo ha hecho; dedico a contar lo mal que estoy los días que tengo dolores, cuando en ese momento no los tengo y lo paso por alto; me centro más en la asignatura que tiene una calificación más baja, que en el resto que están excelentes).

Nos preocupamos más por conocer técnicas para evitar las emociones negativas, que para potenciar las positivas.

Lo importante es ser conscientes de que las palabras que utilizamos, pueden cambiar nuestro cerebro, sólo hace falta, entrenar. El doctor Andrew Newberg, neurocientífico, y Mark Robert Waldman, experto en comunicaciones, afirman que “una sola palabra tiene el poder de influir en la expresión de los genes que regulan la tensión física y emocional”. Cuando utilizamos palabras negativas, ciertos neuroquímicos contribuyen a la gestión del estrés, que acaba floreciendo en nuestra vida. En cambio, cuando usamos palabras positivas, fortalecemos los lóbulos frontales y, si las usamos frecuentemente, podemos activar los centros de motivación del cerebro, lo que nos lleva a accionar.

¿Quieres comenzar el RETO de 2017? Te invito a que hagas un ejercicio:

Cada día, reflexiona sobre tu jornada y anota en tu cuaderno los pensamientos negativos que has tenido o, si quieres, las palabras negativas que más has utilizado. Te puede ayudar pensar en situaciones de estrés o agobio, de enfrentamiento, discusión, etc., ya que en estas situaciones es donde nuestra maquinaria victimista se pone con más fuerza en funcionamiento.

Una vez las hayas anotado, cambia esas palabras o frases, y escribe cómo podías haberte expresado, cómo podías haber dado tu punto de vista, con palabras positivas.

Recuerda que es cuestión de supervivencia, y cada persona elige cómo quiere sobrevivir. “Si te dieras cuenta qué tan poderosos son tus pensamientos, nunca tendrías pensamientos negativos”.

Itahisa Pérez-Pérez, pedagoga y directora de educoEMOCIÓN®

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